Puñaladas y privilegios: cuando la ley mira distinto según quién ataca
Intento de homicidio y puerta abierta: la vara que cambia con el género
Intentó matar a su ex, pero recuperó la libertad. La pregunta incómoda: si el agresor fuera hombre, ¿pasaría lo mismo?
18 de Marzo de 2026
María Mabel Gorosito tiene 18 años y un proceso por tentativa de homicidio. No es una acusación menor ni un hecho difuso: apuñaló a su exnovio en medio de un conflicto que ya venía cargado de antecedentes. Sin embargo, hoy no está detenida. Está libre, con condiciones, pero libre.
La decisión la tomó la jueza Marcela Garmendia, que optó por una excarcelación extraordinaria apoyada en una lectura que prioriza el contexto por sobre la gravedad del acto. La resolución pone el foco en la edad de la imputada, la falta de antecedentes, su entorno familiar, su intención de continuar con los estudios y, sobre todo, en la idea de que el hecho ocurrió en un marco de violencia de género donde ella habría sido víctima. Bajo ese prisma, la escena cambia: la agresora pasa a ser interpretada también como alguien que reacciona, que se defiende, que intenta evitar un daño mayor.
El resultado es conocido: libertad con restricciones. Prohibición de acercamiento, de contacto, de cualquier tipo de perturbación hacia la víctima. Medidas estándar que, en los papeles, buscan contener el riesgo. Pero el dato duro sigue ahí: hubo un ataque con arma blanca. No fue una amenaza, no fue un empujón, no fue una discusión subida de tono. Fue una puñalada.
Y no sería la primera vez que la violencia aparece en esa relación. Hay antecedentes, hay escalada, hay una historia previa que enciende alarmas. La pregunta es inevitable: ¿qué cambia ahora para que no vuelva a ocurrir? ¿Alcanza una orden judicial para frenar a alguien que ya cruzó ese límite?
Mientras tanto, el varón que recibió el ataque queda en una posición incómoda, casi invisible. ¿Tiene derecho a sentir miedo? ¿Su situación es leída con la misma urgencia que la de una mujer en un caso similar? Porque el miedo no tiene género, pero la respuesta judicial parece que sí.
El caso remite, inevitablemente, a otro nombre que todavía resuena: el de Nahir Galarza. Ahí no hubo tentativa, hubo muerte. Un vínculo atravesado por conflictos, una relación violenta, un desenlace fatal. La diferencia es que en aquel caso el resultado fue irreversible. Acá todavía no. Acá la historia sigue abierta.
Y ahí aparece el punto más incómodo de todos: la prevención. ¿Se está evitando un posible desenlace peor o se está apostando a que no pase nada? Porque cuando la violencia escala y ya hubo un intento de matar, el margen para el error es mínimo.
La justicia argumenta, contextualiza, interpreta. Pero hay un hecho que no admite reinterpretaciones: alguien intentó matar a otra persona. Y frente a eso, la respuesta no es la misma para todos.
La justicia habla de contexto. Y el contexto importa. Pero hay un límite que no debería moverse: apuñalar a otra persona es un acto de extrema gravedad, sin matices de género. La ley debería ser clara en eso. Sin embargo, los criterios parecen flexibilizarse cuando el encuadre cambia, cuando la lectura incorpora una narrativa que atenúa responsabilidades.
La pregunta final no es jurídica, es simple y brutal: si María Mabel Gorosito fuera un hombre que apuñaló a su novia, ¿ habria quedado en libertad? ¿O estaría hoy preso, sin discusión?
Te leemos.
