DE LA OBSESIÓN AL ATAQUE
URUGUAY: HOSTIGÓ A OTRAS COMPAÑERAS, SE OBSESIONÓ CON UNA Y CASI COMETE UN FEMICIDIO EN MEDICINA
Federico Lamaita, de 19 años, fue detenido después de atacar a puñaladas a una compañera en un anexo de la Facultad de Medicina de Uruguay. La Fiscalía investiga el caso como un intento de femicidio y excompañeros aseguran que durante años había protagonizado episodios de acoso, amenazas y violencia que fueron comunicados a autoridades educativas. Su padre afirmó que padece esquizofrenia: el dato vuelve a poner sobre la mesa una discusión que suele aparecer demasiado tarde, cuando las señales ya se transformaron en una tragedia.
2 de Septiembre de 2026
Hay algo especialmente inquietante en esta historia: antes del cuchillo hubo señales.
Federico Lamaita tiene 19 años y estudiaba Medicina en Uruguay. Este martes llegó hasta un aula del anexo de la Facultad, pidió hablar con una compañera y, según la investigación, sacó un cuchillo y comenzó a atacarla. La joven, también de 19 años, sufrió múltiples heridas y permanece fuera de peligro. La Policía investiga el episodio como un intento de femicidio.
Los compañeros que estaban en el lugar lograron reducir al agresor y evitar que el ataque terminara de la peor manera. Uno de ellos relató que, si no hubieran intervenido, la joven podría haber sido asesinada. La escena fue tan brutal que el propio testigo aseguró que Lamaita no mostraba arrepentimiento mientras permanecía reducido.
Pero lo que ocurrió dentro de Medicina no habría comenzado ese día.
Horas después del ataque, un grupo de exalumnos del Liceo N.º 1 de Salinas difundió un comunicado en el que aseguró que Lamaita había protagonizado durante años episodios de violencia y acoso contra compañeras. Hablaron de miradas invasivas, acercamientos no consentidos, manoseos, acoso a través de redes sociales y amenazas. También mencionaron expresiones como "hay que matarlas a todas" y "ojalá pudiera matarte con mis propias manos, pero no quiero ir preso".
Lo más grave del comunicado no fueron solamente las acusaciones. Fue lo que vino después: los exestudiantes aseguraron que esas situaciones habían sido notificadas y conversadas reiteradamente con autoridades del liceo y que, aunque fueron escuchados, nunca se sintieron respaldados ni protegidos.
¿Qué pasa cuando una conducta que primero parece incómoda, después se transforma en hostigamiento y finalmente termina en violencia?
Porque durante años existe una tendencia a minimizar determinadas conductas. "Es raro". "Es insistente". "Está enamorado". "Es obsesivo". Palabras que pueden terminar funcionando como una forma de quitarle gravedad a comportamientos que, en realidad, ya están cruzando límites.
En paralelo, el padre de Lamaita afirmó que su hijo padece esquizofrenia. El dato generó otra discusión inmediata: qué lugar ocupa la salud mental cuando una persona atraviesa una situación que puede representar un riesgo para sí misma o para terceros.
Pero hay algo que debería quedar claro. Tener esquizofrenia no convierte a una persona en violenta ni explica por sí solo un ataque de estas características. Asociar automáticamente una enfermedad mental con la violencia no solamente es incorrecto: también puede terminar estigmatizando a miles de personas que jamás representarían una amenaza.
La discusión verdaderamente importante es otra. Si existen señales de deterioro, conductas amenazantes, acoso reiterado o situaciones que generan miedo, ¿qué herramientas tienen las instituciones para intervenir antes de que ocurra algo irreversible?
La Facultad de Medicina suspendió las actividades después del ataque y dispuso asistencia profesional para estudiantes y trabajadores. El decano Arturo Briva explicó que la víctima se encuentra fuera de peligro, pero atraviesa un fuerte shock emocional, mientras que los estudiantes que presenciaron el episodio también serán acompañados por equipos de Psicología Médica ante el riesgo de secuelas de estrés postraumático.
La paradoja es brutal: la asistencia profesional aparece después de que una estudiante fue apuñalada. El sistema se prepara para contener el trauma cuando el trauma ya ocurrió, no cuando los estudiantes se acercaron en reiteradas oportunidades a contar sobre las alarmas preexistentes.
Ahí está la verdadera discusión que deja este caso: la respuesta legal, es que una persona con un diagnóstico psiquiátrico sí puede estudiar Medicina, pero ¿qué sucede cuando un estudiante empieza a mostrar conductas que pueden representar un riesgo y las instituciones no cuentan, no utilizan o no activan mecanismos eficaces para intervenir?
Lo que sí debería discutirse es si las universidades, los liceos y el propio sistema de salud tienen herramientas suficientes para detectar situaciones de riesgo, acompañar a quienes necesitan tratamiento y proteger a quienes pueden convertirse en víctimas.
El caso Lamaita vuelve a demostrar que la prevención siempre parece urgente después de la tragedia. Cuando la policía llega, cuando suspenden las clases, cuando aparecen los psicólogos, cuando se anuncian talleres y cuando todos empiezan a hablar de salud mental.
Pero antes del cuchillo también había una historia. Había compañeros que decían tener miedo. Había conductas que, según denunciaron, se repetían. Había autoridades que supuestamente habían sido informadas. Había un joven que, según su padre, atravesaba una enfermedad.
Y había una pregunta que nadie parece haber respondido a tiempo: ¿qué hacemos cuando las señales están ahí, pero todos esperan que alguien más se haga cargo?
La Justicia ahora deberá determinar qué pasó. Pero la prevención tiene otra obligación: determinar por qué las señales que aparecieron antes no alcanzaron para evitar que una estudiante terminara atacada con un arma blanca dentro de una facultad.
