MIMI DOMINICI CRUZÓ A ÁNGEL DE BRITO POR LA ALIENACIÓN PARENTAL: “EL BIENESTAR DEL NIÑO TIENE QUE ESTAR POR ENCIMA DE CUALQUIER PRECONCEPTO”
MIMI DOMINICI CONTRA LOS PRECONCEPTOS: “EL MEJOR LUGAR PARA UN NIÑO ES DONDE LO AMEN, LO CUIDEN Y LO PROTEJAN”
A partir del informe de LAM sobre el conflicto entre María Fernanda Callejón y Ricardo “Ricky” Diotto por la tenencia de su hija, Mimi Dominici fue consultada sobre la discusión alrededor de la presunta alienación parental y cuestionó una frase de Ángel de Brito: “Nada mejor que el lugar del niño con la madre”. La periodista, autora del proyecto de ley sobre alienación parental presentado en el Congreso Nacional, ante la diputado Miriam Niveyro, sostuvo que el debate no debe ser “madre contra padre”, sino niño contra cualquier forma de violencia, abandono o desprotección. Y puso sobre la mesa los casos de Lucio Dupuy y Ángel López.
30 de Septiembre de 2026
El debate por la tenencia de la hija de María Fernanda Callejón y Ricardo “Ricky” Diotto volvió a poner sobre la mesa una discusión que excede ampliamente a una pareja y que atraviesa desde hace años a la Justicia de Familia argentina: qué sucede cuando los conflictos entre adultos terminan colocando a los niños en el centro de una disputa que no eligieron. En un informe de LAM se habló de la posibilidad de que Diotto avance judicialmente para solicitar la tenencia de su hija y, entre los argumentos mencionados públicamente, apareció también el concepto de alienación parental. En medio de ese debate televisivo, Ángel de Brito sostuvo una postura que generó el fuerte cuestionamiento de Mimi Dominici: “Nada mejor que el lugar del niño con la madre”.
La respuesta de Dominici fue contundente. Consultada sobre lo ocurrido en LAM, la periodista y comunicadora pública y política, impulsora del proyecto de ley sobre alienación parental presentado en el Congreso Nacional, planteó que ese tipo de afirmaciones son peligrosas cuando se pronuncian desde un medio de comunicación masivo y terminan instalándose como una verdad general. Para Dominici, el problema comienza justamente cuando se deja de mirar al niño como sujeto de derechos y se empieza a decidir automáticamente en función de un preconcepto: que por haberlo gestado durante nueve meses, la madre constituye necesariamente el mejor lugar para un hijo.
“No hay nada mejor que una madre” no puede ser una regla para decidir sobre la vida de un niño, sostiene Dominici. Tampoco puede serlo lo contrario. El mejor lugar para un chico es aquel en el que esté protegido, cuidado, escuchado y verdaderamente amado. Puede ser con su madre. Puede ser con su padre. Puede ser con ambos. Y, en determinadas circunstancias, puede ser necesario que esté bajo el cuidado de otras personas. Lo que no puede hacerse, advierte, es convertir el género del adulto en una garantía automática de seguridad.
Y para explicar por qué considera que ese preconcepto debe ser desterrado, Dominici vuelve a los archivos. Vuelve a los casos que dejaron niños muertos mientras los adultos y las instituciones discutían sobre ellos.
Uno de los ejemplos más brutales es el de Lucio Dupuy. El niño tenía cinco años cuando fue asesinado en La Pampa. Por el crimen fueron condenadas su madre, Magdalena Espósito Valenti, y su pareja, Abigail Páez. El caso quedó grabado en la memoria colectiva argentina no solamente por la brutalidad del asesinato, sino también por las preguntas que todavía genera alrededor de las intervenciones institucionales y de las decisiones adoptadas antes de que el niño fuera asesinado.
Y este año apareció otro caso que vuelve a sacudir esa discusión: el de Ángel López, un niño de apenas cuatro años que murió en Comodoro Rivadavia en abril de 2026. Su padre, Luis López, había registrado en video un momento en el que el pequeño lloraba y decía que no quería irse con su madre. “Me quiero quedar acá, no quiero ir”, se escucha decir al niño en las imágenes que posteriormente se conocieron públicamente. El video fue incorporado al debate sobre la conflictiva disputa por su cuidado y actualmente es parte del contexto que investiga la Justicia.
Ángel murió el 5 de abril después de ingresar al Hospital Regional de Comodoro Rivadavia con graves signos de deterioro y un traumatismo previo consignado en el parte médico. Días después, la Justicia ordenó la detención de su madre, Mariela Altamirano, y de su pareja, Maicol González, quienes quedaron en prisión preventiva imputados por el presunto homicidio agravado del niño.
Pero hay algo todavía más estremecedor en el caso Ángel: las advertencias previas.
Su padre había registrado conversaciones y había planteado ante profesionales y autoridades que su hijo no estaba bien. También quedó difundido un audio de una conversación con la psicóloga Jennifer Grisel Leiva, profesional vinculada al proceso de revinculación del niño con su madre. En esa conversación, López insistía en que Ángel quería vivir con él y advertía sobre el estado de su hijo. La profesional, según el audio difundido públicamente, cuestionó las conductas del padre y habló de “situaciones de violencia” y “revictimización”. Después de la muerte del niño, López denunció penalmente a la psicóloga y pidió medidas contra ella.
El dato que hoy vuelve insoportable la discusión es que aquel niño que lloraba y decía que no quería irse con su madre terminó muerto.
Y eso no significa que la decisión deba ser automáticamente entregar un niño a su padre. Significa exactamente lo contrario: que las decisiones sobre niños no pueden resolverse con automatismos.
No puede ser “mejor con mamá” porque sí.
No puede ser “mejor con papá” porque sí.
Tiene que ser mejor para el niño.
Ese es precisamente el punto que Dominici intenta instalar en el debate público. Porque hablar del “interés superior del niño” mientras se toman decisiones desde preconceptos sobre la maternidad y la paternidad corre el riesgo de convertir una de las mayores garantías de la infancia en una frase vacía.
El interés superior del niño no puede ser un maquillaje discursivo. Tiene que significar que alguien escucha al chico. Que alguien analiza su situación. Que alguien observa sus vínculos. Que alguien evalúa dónde está seguro. Que alguien detecta si existe violencia. Que alguien advierte si hay manipulación, abandono, maltrato o interferencias en los vínculos familiares. Y que alguien actúa cuando existen señales de alarma.
Porque los niños hablan.
A veces hablan con palabras.
A veces lloran.
A veces se niegan a ir.
A veces dibujan.
A veces cambian su comportamiento.
A veces le suplican a un adulto que los escuche.
La pregunta es qué hacen los adultos con aquello que los niños están diciendo.
En ese punto aparece también la discusión sobre la alienación parental. Dominici sostiene que la Argentina necesita herramientas legales para abordar situaciones en las que un niño pueda ser colocado en el medio de un conflicto entre adultos y su vínculo con uno de sus progenitores pueda verse afectado deliberadamente. Su proyecto de ley fue presentado en el Congreso Nacional y se encuentra dentro del proceso legislativo correspondiente.
Para Dominici, la alienación parental debe ser analizada como una forma de violencia psicológica y de maltrato hacia los niños cuando existe una conducta destinada a interferir injustificadamente en sus vínculos familiares. Y justamente por eso considera que mirar para otro lado frente a una situación de esa naturaleza también puede convertirse en una forma de violencia institucional: el niño queda atrapado mientras los adultos discuten, los expedientes avanzan y el tiempo pasa.
El problema, entonces, no es solamente Callejón. No es solamente Diotto. No es solamente LAM. Y tampoco es solamente Ángel de Brito.
El problema es una sociedad que todavía discute demasiado sobre quién “merece” tener a un niño y demasiado poco sobre qué necesita ese niño.
Porque cuando una cámara se enciende y alguien dice “nada mejor que con la madre”, miles de personas escuchan. Y muchas de esas personas pueden repetir después exactamente el mismo concepto como si fuera una verdad jurídica, psicológica o científica.
Y no lo es.
Ser madre no convierte automáticamente a una persona en buena madre.
Ser padre tampoco convierte automáticamente a un hombre en buen padre.
La biología no reemplaza al cuidado.
La maternidad no reemplaza a la protección.
La paternidad tampoco.
Lo que debería importar es el niño.
Por eso, Dominici cuestiona que un medio de alcance masivo instale como regla una idea que, según su mirada, debería ser desterrada de una vez por todas: que el lugar de un niño está necesariamente junto a su madre.
No, sostiene.
El lugar de un niño tiene que ser donde esté protegido, donde sea escuchado, donde pueda crecer sin violencia y donde exista un adulto capaz de poner sus necesidades por encima de cualquier disputa personal.
Y si para determinar eso hay que dejar de lado viejos conceptos, habrá que hacerlo.
Porque Lucio tenía cinco años.
Ángel tenía cuatro.
Y ninguno de los dos tuvo la posibilidad de sentarse frente a una cámara para explicar qué necesitaba.
Ángel sí dejó un registro.
Un video.
Un niño llorando.
Un niño diciendo que no quería ir.
Un padre intentando que alguien escuchara.
Después, Ángel murió.
Y hoy la Justicia investiga las responsabilidades por esa muerte.
Por eso la discusión no debería ser si el niño está mejor con mamá o con papá.
La pregunta debería ser mucho más incómoda.
¿Estamos realmente escuchando a los niños?
¿Estamos realmente protegiéndolos?
¿Estamos tomando decisiones pensando en ellos o seguimos decidiendo desde los prejuicios de los adultos?
Porque si de verdad se quiere respetar el derecho superior del niño, hay que empezar por algo tan simple como revolucionario: dejar de preguntarse quién tiene más derecho sobre el chico y empezar a preguntarse qué necesita el chico.
El niño no es propiedad de la madre.
El niño no es propiedad del padre.
El niño no es un trofeo judicial.
No es un arma para una separación.
No es una herramienta de venganza.
Es una persona.
Y quizás ya sea hora de que, por primera vez, la Justicia, los medios y la sociedad dejen de hablar tanto de los adultos y empiecen a escuchar, de verdad, a los niños.
¿QUÉ PENSÁS? TE LEEMOS.
