BULLYING, VIOLENCIA DIGITAL Y UNA VÍCTIMA QUE PIDE AYUDA
“YO LO DISFRUTABA”: ¿QUÉ LES ENSEÑAN EN SUS CASAS A QUIENES SE BURLAN DEL DOLOR AJENO?
Una adolescente de 17 años denunció años de hostigamiento que tuvieron uno de sus episodios más graves durante un viaje de egresados a Bariloche. Una compañera contó las agresiones entre risas y reconoció que disfrutaba de verla sufrir. La joven afectada necesita atención en salud mental, según su familia. Mientras la Justicia investiga, una pregunta atraviesa el caso: ¿dónde estaban los adultos antes de que todo llegara a este punto?
23 de Octubre de 2026
Una chica llora. Otras se ríen. Le arrojan agua, se burlan de su cuerpo, de su apariencia y de un material íntimo que nunca debió circular sin su consentimiento. Después, una de las participantes cuenta lo sucedido frente a una cámara y admite que disfrutaba del sufrimiento de su compañera. No parece comprender la gravedad de lo que relata. Y ahí aparece una de las preguntas más inquietantes de este caso que conmociona a Catamarca: ¿en qué momento el dolor ajeno dejó de generar empatía y empezó a provocar diversión?
El episodio involucra a estudiantes del Colegio Privado Pía Didoménico y ocurrió durante el viaje de egresados a Bariloche. Pero, según la familia de la adolescente, la historia no comenzó allí. Meses antes, se habría producido la sustracción y difusión de material íntimo de la joven, un hecho que ya había dado lugar a una investigación judicial. La posterior exposición, las burlas y las agresiones denunciadas profundizaron una situación que hoy tiene consecuencias devastadoras para su vida cotidiana.
En el video que se viralizó, una de las jóvenes describe cómo le volcó el contenido de un vaso encima a su compañera y cómo el grupo se burló de ella con referencias a ese material íntimo. También relata que la adolescente lloraba mientras algunos compañeros tuvieron que pedirles que pararan. Lo más escalofriante aparece cuando cuenta que supo que la víctima había atravesado una crisis de salud mental y reconoce, entre risas, que disfrutaba de lo que le estaba pasando.
¿En qué momento alguien puede mirar el sufrimiento de otra persona y sentir satisfacción? ¿Qué tiene que pasar para que una humillación deje de ser percibida como una crueldad y se transforme en una historia graciosa para contar? ¿Cuántas veces hay que lastimar a una compañera para que alguien advierta que no se trata de una broma?
Y hay otra pregunta que no puede quedar afuera: ¿qué hacen los padres de quienes ejercen bullying? ¿Saben cómo tratan a sus compañeros sus hijos? ¿Les ponen límites? ¿Los reprenden cuando humillan a alguien? ¿Les enseñan a respetar la intimidad y el cuerpo de los demás? ¿Se sientan a hablar con ellos sobre las consecuencias de sus actos? ¿O creen que, mientras la violencia ocurra fuera de casa, no es un problema suyo?
No se trata de condenar a una familia sin conocerla ni de atribuirles a los padres conductas que no están probadas. Se trata de exigir una reflexión adulta. Educar no es solamente garantizar que un chico vaya a la escuela, tenga ropa, estudie y apruebe materias. También es enseñarle que no todo vale, que el otro no es un objeto y que la intimidad de una persona no puede convertirse en moneda de cambio para conseguir popularidad, provocar risas o ejercer poder.
¿Y qué ocurre cuando los adultos naturalizan las burlas, minimizan la violencia o justifican lo injustificable con un “son cosas de chicos”? ¿Cuántas situaciones de hostigamiento se esconden detrás de esa frase? ¿Cuántas víctimas tienen que enfermarse, dejar de ir a clases o perder la confianza en sí mismas para que alguien intervenga de verdad?
La familia de la adolescente contó que su hija dejó de hacer actividades que antes disfrutaba, que no pudo retomar su vida escolar con normalidad y que necesita atención especializada en salud mental. También expresó su preocupación por el profundo deterioro emocional que atraviesa. La joven escribió que siente que le arrebataron la vida que tenía antes y pidió que lo ocurrido no quede impune.
No estamos hablando de una discusión pasajera ni de una diferencia entre adolescentes. Estamos hablando de una joven cuya intimidad fue vulnerada, que denuncia haber sufrido hostigamiento reiterado y que hoy necesita ayuda para recuperar su vida cotidiana. No corresponde diagnosticarla desde una pantalla ni reducirla a lo que le pasó. Es una persona, tiene derechos y merece protección, atención y la posibilidad de volver a sentirse segura.
También hay responsabilidades institucionales que deben examinarse. El colegio aseguró que actuó con responsabilidad y celeridad, que informó a las autoridades competentes y que trabaja junto a los organismos correspondientes. Sin embargo, la familia cuestionó la respuesta recibida y el caso obliga a preguntar qué mecanismos de prevención, acompañamiento y protección funcionaron y cuáles fallaron. ¿Qué señales se detectaron? ¿Quién intervino? ¿Qué medidas se tomaron para evitar que el hostigamiento continuara? ¿Cómo se protegió a la adolescente después de las denuncias previas?
La Justicia investiga por separado los hechos vinculados con la difusión del material íntimo y los episodios de hostigamiento. Tres estudiantes fueron imputados en la causa relacionada con el material íntimo, mientras que las responsabilidades por las agresiones denunciadas deberán determinarse en el expediente correspondiente. No es lo mismo una denuncia que una condena, pero tampoco se puede ignorar la gravedad de los testimonios que se conocieron.
Y queda una última pregunta, quizás la más incómoda: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo si el sufrimiento de una chica puede convertirse en entretenimiento?
El bullying no siempre deja marcas visibles. A veces destruye la confianza, el deseo de compartir, las ganas de salir, la tranquilidad de entrar a un aula o la posibilidad de disfrutar de una etapa que debería estar llena de proyectos. Cuando, además, la humillación se filma y se difunde, el daño puede multiplicarse porque la víctima siente que ya no controla quién ve, comenta o utiliza su intimidad.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a repudiar el video en las redes. Hay que investigar, proteger a la adolescente, garantizarle asistencia y determinar las responsabilidades individuales. También hay que revisar la prevención escolar, exigir respuestas a las autoridades y recuperar una tarea que empieza mucho antes de cualquier expediente: educar en el respeto.
Porque el problema no es solamente qué hizo una joven frente a una cámara. El problema es qué aprendió para llegar a considerar gracioso el sufrimiento ajeno, quiénes intervinieron cuando la violencia se volvió evidente y cuántos adultos pudieron haber advertido las señales antes de que la situación escalara.
Una adolescente necesita ayuda para reconstruir su vida. Y el resto de la sociedad necesita dejar de mirar para otro lado.
¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos cuando la crueldad se confunde con diversión y la humillación se convierte en un espectáculo?
