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La Plata: los lujos de "la banda del millón"

Videollamadas del delito: jefes presos, robos en vivo y celdas VIP

Penales de lujo, víctimas atadas y torturada: la obscena comodidad de la banda que robaba por streaming.

15 de Febrero de 2026

La postal es obscena. En la Unidad 9 de La Plata, uno de los jefes de la llamada “banda del millón”, Hugo San Martín, cumplía condena rodeado de comodidades que nada tienen que ver con el encierro: consola de videojuegos, monitor propio, luces LED y ambientación de neón. Un set digno de influencer, pero montado dentro de una celda. Desde allí, según la investigación, se organizaban golpes millonarios en el conurbano.

Los allanamientos en distintas cárceles bonaerenses dejaron al descubierto lo que muchos sospechaban y pocos se animan a decir: algunos líderes del delito no están neutralizados tras las rejas, están operativos. Con teléfono en mano, San Martín y otros cabecillas coordinaban asaltos mientras “cumplían” sus penas.

El caso que terminó de exponer el mecanismo fue el brutal ataque contra Mónica Eugenia Mancini, de 82 años, conocida en redes por compartir parte de su vida cotidiana desde San Isidro. El asalto no fue improvisado. Fue dirigido en tiempo real por videollamada desde un penal. Brandon Brites, alojado en la Unidad 45 de Melchor Romero y condenado por múltiples hechos, monitoreó el robo en vivo y dio instrucciones precisas a los delincuentes que habían ingresado a la casa.

No fue solo un robo. Fue una transmisión del delito. Mientras la víctima estaba reducida y atada, los atacantes recibían órdenes sobre dónde buscar dinero y objetos de valor. La inteligencia previa no salió de la nada: analizaron las publicaciones que la mujer hacía en sus redes sociales para identificar joyas y pertenencias. En pleno asalto, le mostraban en el celular sus propias historias y le exigían exactamente aquello que había exhibido online.

En el teléfono secuestrado a San Martín apareció, además, un listado de 107 domicilios señalados como objetivos potenciales. Entre ellos figuraba la casa de Mancini. No eran golpes al azar. Era una estructura organizada que planificaba, marcaba blancos y ejecutaba con precisión quirúrgica, todo con la tranquilidad que da manejarse desde una celda equipada.

La pregunta incómoda no es cómo lo hicieron. La pregunta es cómo se les permitió hacerlo. ¿Cómo circulan celulares en penales de máxima seguridad? ¿Quién controla lo que sucede puertas adentro? ¿Cómo puede alguien dirigir un asalto en vivo mientras disfruta de lujos impropios de cualquier régimen de encierro?

Cuando las cárceles dejan de ser un límite y se convierten en centros de operaciones, el mensaje hacia afuera es devastador. Si el castigo no es tal, si el delito se administra con WiFi, luces de neón y joystick en mano, el sistema no corrige: habilita.

Mientras los delincuentes con condena sigan viviendo como si estuvieran en un monoambiente temático y no en prisión, y mientras puedan ordenar robos en tiempo real sin consecuencias ejemplares, la rueda no se va a detener. Las víctimas seguirán siendo rehenes y los penales, sucursales del crimen.

 

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