Más allá del repudio: comprender la violencia en la era hiperconectada
¿Quien educa hoy: la escuela o el algoritmo?
El ratíng de la crueldad: por qué la violencia escolar ahora es contenido digital.
1° de Junio de 2026
Pablo Martínez Soares de Lima
Psicólogo Forense
Cada vez que aparece un nuevo episodio de violencia en un colegio o escuela en Argentina, la reacción pública suele ser inmediata: “los chicos están más violentos”, “la educación está perdida”, “antes esto no pasaba”. Sin embargo, quizás habría que preguntarse si hoy existe más violencia que antes, o cuánto de esa violencia ahora puede verse, grabarse y difundirse en tiempo real.
Hay una diferencia fundamental respecto de décadas anteriores que es tecnológica y cultural. Actualmente cualquier alumno lleva en su bolsillo un dispositivo capaz de filmar, editar y viralizar una pelea en cuestión de minutos. La conducta inmediata ya no es intervenir o detener la agresión, sino registrar el hecho para compartirlo en redes sociales. La escena deja de pertenecer únicamente al ámbito escolar y pasa a convertirse en contenido digital universal, lo importante es “viralizar” la violencia.
Esto modifica profundamente el comportamiento social. La violencia ya no sólo tiene una víctima y un agresor; también tiene espectadores, audiencia, likes, comentarios y circulación permanente. El episodio se transforma en un fenómeno amplificado y repetido miles de veces en pantallas y su divulgador inicial se satisface observando el número de réplicas. Importa la transmisión de la acción, no el sufrimiento de quienes padecen la violencia, por más que los medios oficiales lo califiquen de tragedia, en las redes sociales se reproduce con humor, indiferencia e incluso placer.
“Repudiamos los hechos” reiteran una y otra vez los titulares oficiales, sin embargo, el fenómeno excede ampliamente el simple repudio institucional. La violencia ya no funciona únicamente como un conflicto interpersonal aislado, sino también como contenido digital consumido, compartido y reforzado socialmente. Nada tiene más rating que la violencia explícita en todas sus variantes y más aún si involucra a niños o adolescentes.
Desde la psicología conductual y las ciencias sociales, este mecanismo posee además un efecto reforzador. Cuando una conducta obtiene visibilidad, atención e impacto social, aumenta la probabilidad de que vuelva a repetirse. Esto ocurre en adolescentes y adultos, donde la búsqueda de reconocimiento, notoriedad o identidad grupal tiene enorme importancia. Se compite en las redes por quién comunica antes la acción más impactante.
Lo mismo sucede con ciertos episodios extremos, como amenazas escolares o la exhibición de armas dentro de establecimientos educativos. Más allá de cada caso particular, existe un conocido “efecto copycat”: conductas altamente difundidas mediáticamente tienden a replicarse en otros jóvenes vulnerables que observan el impacto social obtenido por el hecho original. La viralización funciona muchas veces como modelo de conducta.
Esto no significa que la tecnología sea la causa única de la violencia, ni mucho menos que la solución consista en prohibir celulares o demonizar redes sociales. Sería un error pensar que puede revertirse la transformación digital intentando regresar a una escuela del pasado que ya no existe.
El sistema educativo argentino fue diseñado para una sociedad analógica, con otras formas de comunicación, autoridad, socialización y acceso a la información. Pero los alumnos actuales crecieron dentro de una cultura completamente distinta: inmediata, hiperconectada, audiovisual y digitalizada.
La escuela ya no compite solamente con el entorno familiar o con la televisión. Compite con algoritmos, plataformas, redes sociales y sistemas de estimulación permanente capaces de captar atención de forma continua. Ignorar ese cambio cultural sólo profundiza la desconexión entre el sistema educativo y la realidad cotidiana de los estudiantes.
Por eso, el desafío no pasa por frenar la tecnología o a la inteligencia artificial, algo imposible, sino por comprender cómo modifica los vínculos, la identidad, la exposición pública y las formas de comportamiento. La educación deberá adaptarse necesariamente a esta nueva cultura digital, incorporando pensamiento crítico sobre redes sociales y formación respecto del impacto psicológico y social de la viralización.
La escuela del futuro probablemente no será la que conocieron generaciones anteriores. Y cuanto antes se entienda que el problema no es únicamente la violencia, sino también la nueva lógica digital que la amplifica, más posibilidades habrá de construir respuestas educativas acordes al tiempo que vivimos.
Aceptar que la tecnología no tiene marcha atrás es probablemente el primer paso para abordar este fenómeno. Las redes sociales y la hiperconectividad no sólo cambiaron la forma de comunicarse, sino también los modos de relacionarse, buscar reconocimiento y construir identidad social.
Por eso, la respuesta no debería limitarse al control o la prohibición, sino a la adaptación del sistema educativo frente a esta nueva cultura digital. Resulta necesario incorporar alfabetización digital, regulación emocional, pensamiento crítico y formación sobre el impacto psicológico y social de la viralización de contenidos violentos.
La escuela del futuro no podrá funcionar bajo las mismas lógicas del pasado, dado que su constitución ya está obsoleta. El desafío ya no consiste en frenar la tecnología, sino en evitar que la lógica de las redes sociales termine educando más que la propia escuela.
Quizás la pregunta más inquietante no sea solamente cuánto cambió la tecnología, sino cuánto cambiaron nuestras formas de vincularnos. ¿Se perdió parte de la empatía en una cultura donde primero se filma y después se ayuda? ¿O simplemente las redes sociales dejaron en evidencia aspectos de violencia, exposición y necesidad de reconocimiento que siempre estuvieron presentes en el comportamiento humano?
La discusión ya no es únicamente tecnológica. Es social, cultural y profundamente humana. Porque mientras la escuela intenta educar, millones de pantallas siguen enseñando -todos los días- qué obtiene visibilidad, reconocimiento e impacto social.
Como sostuvo el psicólogo B.F. Skinner: “Si queremos que las personas se comporten de manera que promuevan la supervivencia y el bienestar de su cultura, debemos cambiar el entorno en el que viven, no sus mentes o sus corazones.”. Tal vez allí esté uno de los grandes desafíos educativos de esta época.
