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Viernes 12 de Junio de 2026

Niños atrapados entre tribunales y silencios

Los huérfanos de la Justicia

Niños privados de una parte de su historia, padres y madres apartados de sus hijos, y una red familiar destruida por decisiones que muchas veces tardan años en revisarse.

8 de Junio de 2026

Por: Mimi Dominici

Periodista de investigación y comunicadora pública y política

Hacer periodismo de investigación implica, muchas veces, meter las manos en las heridas más profundas de la sociedad. Durante más de tres años, a través de transmisiones en vivo y un exhaustivo trabajo de campo en primera persona, me he transformado en un canal para escuchar el dolor. He oído a padres, madres, abuelos y tíos. Pero detrás de la maraña judicial y de un sistema que muchas veces, bajo el amparo de una perspectiva de género mal aplicada o instrumentalizada, actúa de manera automática, hay una realidad aterradora. La palabra exacta es esa: aterradora. Es el desgarro absoluto de un vínculo.

El debate político y judicial suele centrarse en los adultos: en la veracidad de las acusaciones, en el escrache en redes sociales, en las batallas legales y en la asimetría de un sistema que hoy, mayoritariamente, golpea a los hombres despojándolos de su presunción de inocencia. Un padre puede resistir la humillación pública y la injusticia procesal con la templanza de saberse inocente, esperando que el tiempo esclarezca la verdad. Pero lo que es humanamente insoportable, lo que destruye el alma en vida, es la amputación del vínculo con un hijo. La justicia, bajo una lógica de "prevención" burocrática y fría, corta por lo sano. Dicta medidas cautelares de distancia con un click, firmando resoluciones desde un escritorio, sin entender o sin querer ver el daño irreparable que causa esa desconexión.

¿Qué pasa en la mente y en el corazón de esos niños que, de la noche a la mañana, ven desaparecer a su papá o a su mamá? No hay explicación jurídica que cure la confusión de una infancia interrumpida. El verdadero dolor no está solo en los expedientes; habita en las pequeñas ausencias de la vida cotidiana, esas que construyen la identidad de un ser humano y que el sistema judicial borra de un plumazo. Es el vacío en los días importantes, como esos cumpleaños donde el teléfono no suena porque la comunicación está prohibida o bloqueada. Es la rutina rota del final de los desayunos compartidos, el no estar más en la puerta del colegio para verlos salir corriendo con la mochila, o el dejar de preparar esa merienda con la pregunta obligada: “¿Cómo te fue hoy, hijo?”.

Se pierde la complicidad de las tardes de risas mirando una película en el sillón, las corridas en el parque persiguiendo al perro o los juegos en la plaza que quedan desiertos. Es, en definitiva, un crecimiento sin guía; perderse el derecho a estar ahí cuando asomen las primeras lágrimas de la adolescencia por un desamor, o cuando necesiten ese consejo clave que solo ese progenitor sabe dar. Este corte sistemático no solo afecta al adulto; es un tsunami que deja a las abuelas sin nietos y a los tíos sin sobrinos. Es la destrucción activa de la historia y el soporte afectivo de un menor.

La prevención no puede ser sinónimo de mutilación afectiva. Si bien es de vital importancia proteger a las verdaderas víctimas de violencia, es inadmisible que el sistema actúe sin investigaciones previas, basándose únicamente en el papel y postergando la búsqueda de la verdad durante años y años de separación forzada. Dictar un alejamiento automático antes de demostrar la culpabilidad es un acto atroz. La justicia debe humanizarse con urgencia y entender que los tiempos de los tribunales no son los tiempos de la niñez; un proceso lento es, en sí mismo, una condena al olvido y al desamparo. No se puede seguir separando a los hijos de sus padres de forma preventiva sin medir el impacto de lo que se está rompiendo.

Al final del camino, lo que este engranaje está logrando es algo mucho más grave y profundo: está destruyendo a la familia, que es la base y el sostén fundamental de cualquier ser humano. Cuando se desmantela el núcleo familiar por sospechas no probadas, se deja al niño a la intemperie emocional. La perspectiva de género debe ser una herramienta de equidad y protección real, no una maquinaria ciega que arrase con hogares enteros. Es hora de que los jueces levanten la mirada de los papeles y vean los rostros de los hijos que están dejando huérfanos de padres vivos. El dolor de una infancia rota no se repara con una sentencia tardía. La verdad que tarda demasiado, también es injusticia

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